XICóATL: Número 74
CONTENIDO: Resultado del 4. Concurso Literario XICóATL "W. A. Mozart"
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¡Felicidades Amadé! - Luis Alfredo Duarte Herrera
"YAGE, Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericanos"ha celebrado en el año 2005 el 4. Concurso Literario XICóATL "W. A. Mozart", con el auspicio de la Gobernación del Estado de Salzburgo y la Alcaldía de la Ciudad. En el evento han participado 265 narradores desde 28 países: Argentina, Alemania, Austria, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, España, Estados Unidos, Francia, Guatemala, Israel, Italia, México, Nepal, Nicaragua, Panamá, Perú, Portugal, Puerto Rico, Rusia Suiza, Uruguay y Venezuela. El evento fue convocado para el género cuento con el tema Wolfgang Amadé Mozart, a fin de sumarnos a las actividades de celebración que con motivo del 250 aniversario del nacimiento del genial compositor salzburgués se realizan este año en todo el planeta.
Los premios: Se ofrecieron 3 premios de 500 Euros cada uno. Además, Menciones de Honor para los trabajos sobresalientes.
El jurado estuvo compuesto por:
Para portugués: - Dr. Friedrich Frosch. Docente para portugués en el Instituto de Romanística de la Universidad de Viena, autor de numerosas publicaciones y conferencias sobre literatura brasilera. Por "Tendencias de la lírica brasilera contemporánea" obtuvo el premio Theodor-Körner 1994. ha realizado numerosas traducciones de diferentes autores famosos de la lengua portuguesa. Numerosas traducciones para el Magazin Cultural Latinoamericano XICöATL "Estrella Errante". - Dra. Phil. Elóide Kilp, Docente universitaria para alemán y portugués en diversas cátedras en la Pontifícia Universidade Católica do Rio Grande do Sul-PUC-RS y la Universidade Federal do Rio Grande do Sul- UFGRS en Brasil. De 1992 al 2003 fue profesora de portugués en la Universidad Católica de Eichstätt-Ingolstadt (Alemania) y de 1995 al 2002 entrenadora de lenguas en la Academia Audi de Alemania. Desde el 2003 es responsable de la Lengua Portuguesa-Brasilera y de Ciencia Cultural en la Universidad de Salzburgo. Numerosas publicaciones en sus áreas de conocimento. - Dra. Gerhild Reisner. Nacida en Graz. Profesora en diversos gimnasios austríacos. Larga estadía en Brasil donde realizó estudios comparados de literatura, traducción e interpretación de inglés-portugués en Rio de Janeiro. Desde 1993 es docente para portugués en el Instituto de Romanística de la Universidad de Salzburgo en el área portugués-brasilero. Ha realizado algunas traducciones para el Magazin Cultural Latinoamericano XICöATL "Estrella Errante". - Lic. Sylvia Jutz. Estudios de portugués y francés en la Universidad de Salzburgo, en donde se desempeña como referente en áreas especializadas. Es traductora de portugués y se ha desempeñado en numerosas ocasiones como correctora para el alemán del Magazin Cultural Latinoamericano XICöATL "Estrella Errante".
Para español: - Dra. Kristin Müller. Tras terminar sus estudios de Filología Románica e Historia del arte (1968) desempeñó los cargos de asistente, encargada de curso y profesora universitaria en el Instituto de Romanística de la Universidad de Salzburgo. A partir de 1970 se especializa en la temática latinoamericana y realiza diversos viajes de estudio a diversos países americanos. En la Universidad de Salzburgo dictó cursos de idioma, seminarios y conferencias referidos al español y al catalán, además de cursos de literatura hispanoamericana y conocimiento cultural, lingüístico y territorial iberorománico. Por último, y antes de pensionarse en el 2003, coordinó la totalidad de las clases de español en su universidad. - Lic. Judith Moser-Kroiss, ponente de la Universidad de Salzburgo, traductora de español y portugués para la Casa de la Literatura de Salzburgo y el Museum der Moderne Rupertinum, entre otras instituciones. Numerosas traducciones para el programa radial Lyrik und Musik aus Lateinamerika (Radiofabrik Salzburg), y para el Magazin Cultural Latinoamericano XICöATL "Estrella Errante". - Lic. Dra. Eva Eckkrammer, asistente universitaria para lenguas románicas en el Instituto de Lenguas Romances de la Universidad de Salzburgo. Numerosas traducciones y publicaciones científicas sobre lingüística, además de conferencias especializadas sobre el criollo de las Islas ABC. Ha realizado traducciones del papiamentu y recibió en el año 2000 el Premio Figdor para Literatura y Lingüística que otorga la Academia Austríaca de las Ciencias. - Dr. Luis Alfredo Duarte Herrera, doctor en Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia, pintor, escritor, director de YAGE y XICóATL.
El jurado para español decidió otorgar los premios ofrecidos a las siguientes narraciones y autores: 1. Premio: al cuento "Concierto en si mayor", de Jesús OLIVA NAVARRO, escritor español residente en Murcia. 2. Premio: para el segundo premio ha habido un empate entre el cuento "La sinfonía 42", del escritor argentino Juan PLANAS, residente en Buenos Aires, y el cuento "Un viaje fugaz", de la escritora argentina Mirta Alicia GISONDI, residente en Ituzaingó, Argentina. El jurado determinó dividir el segundo premio entre los dos escritores. El jurado para portugués decidió otorgar un premio al cuento: "Mozarte", de Mariana Luiza MACEDO, escritora brasilera residente en Macaé, Rio de Janeiro, Brasil.
Menciones de Honor se conceden en español a los siguientes autores: Antonio CALLE GONZÁLEZ (España); Pablo Alejandro BRUNET (Argentina); Valentina TRUNEANU (Venezuela); Juan María SOLARE (Argentina); Alejandro José RAMÓN (Argentina); Antonio DAGANZO CASTRO (España); Eduardo POMBO (Argentina); Santiago Blas TORALES (Argentina); Margarita Paulina MALLO (Argentina); Florie KRASNIQI (España); Félix Amador GÁLVEZ (España); Samuel FIERRO FRANCO (Colombia); Marcos Aurelio ARCAYA PIZARRO (Chile); Fabiana GARCÍA (Argentina) y Germán F. TOUZA (Argentina). En portugués: Jorge ANTUNES (Brasil); Anabela MIMOSO (Portugal) y Carola SAAVEDRA HURTADO (Brasil).
YAGE, en cooperación con Verein Literaturhaus Eizenbergerhof, realizará el día jueves 16 de febrero del 2006, a las 19:30 horas, en la Literaturhaus Salzburg (Strubergasse 23, 5020 Salzburg) un homenaje latinoamericano a la memoria de Mozart bajo el lema "Felicidades Amadé!" que incluirá la lectura de algunos de los trabajos premiados en el 4. concurso Literario XICóATL. A la lectura asistirá Jesús Oliva Navarro y posiblemente Mariana Luiza Macedo, dos de los ganadores del concurso. Quedan todos cordialmente invitados.
Los directivos y todos los miembros de YAGE agradecen a los participantes, al jurado y a todas las personas que en Austria, Europa, América Latina y El Caribe hicieron posible la realización del presente concurso.
Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera.
Concierto en si mayor (O ser de nuevo libre) - Jesús Oliva Navarro
Jesús Oliva Navarro (Murcia, España, 26/2/1982). Actualmente cursa quinto curso de Medicina en la Universidad de Murcia. Obtuvo el tercer premio de literatura en el Certamen Creajoven 2003 (convocado por la concejalía de juventud de la Región de Murcia) y fue finalista del III Concurso de novela corta para jóvenes 2003 (convocado por la asociación Tétrada Literaria).
Concierto en si mayor
La lluvia cae perezosa sobre el asfalto de la oscura carretera, sólo rota por los faros del automóvil de Elvira, que sin prisa devora cuantos kilómetros le faltan para llegar a su destino. Por quinta vez desde que saliera de madrugada palpa el bulto que yace en el asiento contiguo. Al parecer está todo, piensa, y puede relajarse y seguir conduciendo. Nat King Cole interpreta un tema bellísimo en el estéreo del auto, pero es incapaz de recordar el nombre de la canción. Cuando el sol asoma por el todavía ennegrecido horizonte, bañando con su luz las inmediaciones del campo por el que discurre la carretera, Elvira toma el desvío que tan bien conoce. Lo lleva tomando todos los días veintiséis de cada mes, desde hace casi diez años. Son las siete y media cuando aparca el coche. Ante ella se levanta una enorme mole de grisáceo hormigón, que intimida al visitante, cual fortaleza del Medievo. Recuerda la primera vez que entró en ella, cómo sintió el peso de la humedad del interior, como quiso llorar al ver cómo vivían quienes allí se alojaban. Pero lo dicho, han pasado muchos años y ha aprendido muchas cosas de esa gente. "Centro de Cuidado para Enfermos de Alzheimer" reza el cartel de la entrada. Deambula por los pasillos, mirando a aquella gente, sentada en sus sillones, mirando desde bien temprano el noticiario, a la espera de llegar a entender qué sucede en el mundo exterior, y confiar en retenerlo el tiempo suficiente. Muchos de ellos no pueden, pero los hay que la saludan, incluso la paran, pues sí recuerdan que viene Elvira, la hija de Jaime Castillo, siempre puntual, siempre la primera, siempre ese día. Cuando a su padre le diagnosticaron la enfermedad, estuvo charlando con un neurólogo en Barcelona, desesperada por encontrar quizá una piedra filosofal, una terapia única que nadie más en España ni el extranjero dominara, se agarró a cuanto pudo y leyó sobre la afección. Al final, como todos, no pudo sino asimilarlo. Gracias en parte a aquel hombre. Recuerda, mientras sus pisadas resuenan en el pasillo que conduce a las habitaciones, cómo la cogió de la mano mientras ella era incapaz de cesar de llorar, y le contaba que su padre ya no era el mismo, que no lo reconocía. Él le habló de la enfermedad, de la memoria, y del desconocimiento tan grande que se tiene del cerebro y la mente humana. Le ayudó a comprender lo que llegó y lo que aún estaba por llegar. Aprieta el paquete contra su pecho con fuerza, como si dentro hubiese un talismán capaz de alejar todo mal. ¿Y no es así? Se pregunta. "Buenos días señorita Elvira" le dice Chari, una de las enfermeras. Le informa que su padre está muy tranquilo esa mañana. "Casi parece saber que viene usted". Elvira quiere creerla, de veras, tener fe ciega en su instinto, mas no está dispuesta a engañarse. Su padre no sabe que viene, ni siquiera sabe quién es. Abre la puerta del cuarto y lo ve, sentado en su sillón, el mismo que tenía en casa y ella hizo traer hasta allí, con la tela raída y los horrendos cuadros verdes y rojos chocando con el resto de la decoración del modesto cuarto, de tonos pasteles, que las enfermeras le dejaron elegir. Pensó, quizá estúpidamente, que un ambiente relajante ayudaría a su padre a sentirse como en casa. El hombre, otrora lozano, se veía consumido por la enfermedad. Perdió peso algo antes de entrar al cuidado de las enfermeras, y no recuperaba, sino que seguía perdiendo. No era aquel un recuerdo grato. Las cuencas de los ojos las tiene hundidas y la boca se le queda entreabierta. Reacciona como un crío chico cuando le hablan como a un adulto, y cuando le hablan como a un niño parece a punto de ofenderse. Cada nueva vez que Elvira contempla el rostro de su padre, es consciente de que esa maldita enfermedad de mierda lo está consumiendo por dentro, que lucha internamente con el borrado de memoria al que lo someten ciertas proteínas que se precipitan en sus neuronas. Acaso es justo que algo que ni comprende, algo microscópico (y ese es un término con el que se queda corta) pueda joderles así la existencia, a él y a cuantos le rodean. Se acerca y se coloca de rodillas al lado del sillón, tras depositar la bolsa con cuidado sobre la cama. Le agarra con suavidad la mano, como si pese a tener los ojos bien abiertos lo creyera dormido, y temiese despertarlo. Su padre gira la cabeza y la mira. Una leve elevación de la comisura de sus labios sirve para que Elvira tenga una semana excepcional. Ya no hace eso de insistir "¿Me recuerdas papá? ¿Sabes quién soy? Elvira, papá, tu hija". Y después el llanto, porque pese a que lo intentaba, era incapaz de recordar. Ahora ya no, simplemente le alegraba verlo sonreír. "¿Sabes qué llevo aquí?" le pregunta señalando la bolsa. Por segunda vez desde que llegó esa mañana, el anciano parece comprender la pregunta y conocer o cuanto menos intuir el contenido de la bolsa. Ella, como si estuviese en el día de reyes, y su padre no fuese su padre, sino más bien un hijo, saca de la bolsa el regalo que le trae a su padre, todos los días 26 del mes, desde hace casi diez años. Es un disco de vinilo, en cuya portada se ve el rostro serigrafiado de Wolfgang Amadeus Mozart. Contiene entre otras el Concierto para Piano en Si Mayor, la pieza preferida de su padre. Siempre la misma, pues es la única que recuerda. Lo coloca en el tocadiscos y levanta la aguja, para posarla con suavidad en la negra superficie del vinilo. No deja allí el disco por miedo a que se lo quiten o se extravíe, pues no soportaría perderlo. La música comienza a sonar, y es entonces cuando su padre comienza a mover la cabeza, satisfecho. Ya no habla, ni pide nada por su boca, no articula palabras desde hace meses, sólo se mueve por sí mismo cuando escucha la pieza. Sus pies se elevan ligeramente y vuelven a caer, siguiendo el ritmo. Elvira está sentada en el suelo, mirándolo fijamente, hipnotizada, absorta, soñando. Cuando suena el Allegro es cuando su padre ya muestra una sonrisa franca en sus labios. Los viejos dedos, atacados de una artritis deformante, no parecen dolerle cuando en el aire comienza a moverlos como si tocase. Elvira sabe que si alguien colocase teclas delante de su padre, lograría sacar de él una interpretación perfecta. Los segundos se suceden, y Elvira ya no está en el Centro de Cuidados para Enfermos de Alzheimer, sino que está en casa, con sus padres. Suena esa pieza en el tocadiscos, y su padre las observa danzar a ella y a su madre al son de la composición de Mozart. Sonríe satisfecho y mueve, como ahora, los dedos. Un día le preguntó a su madre por qué de todos los discos que tenía su padre, no sólo de Mozart, sino de muchos compositores de clásica, sólo parecía tocar aquella, de comienzo a fin. Su madre no supo responder. "Tu padre no toca el piano, lo hace sólo porque le gusta mucho y se imagina en lo alto de un escenario, con una filarmónica a sus espaldas. ¡Pues bueno, es tu padre! ¡Menudas fantasías tiene! Y ahora corre a lavarte las manos". Aquella respuesta no satisfizo a Elvira. Años después tuvo un novio que cursaba quinto de piano en el conservatorio. Por su cumpleaños Elvira sólo quería una cosa, verlo tocar esa pieza, la del Wolfgang Amadeus Mozart. Una petición algo extraña, apuntó su novio, quien pese a todo la tocó para ella. Le comentó que técnicamente no era lo mejor del autor, que había cosas más increíbles, conciertos más sobresalientes. Elvira sin embargo no lo escuchaba, no era necesario tener delante a su padre para reconocer los rápidos movimientos de dedos. Era igual, incluso supuso que su padre podría tocarlo mejor. Pasó los días sucesivos tratando de abordarlo. Al final optó por el método más directo. - No sabía que tocaras el piano. - No lo hago. - Esa pieza... la de Mozart. La tocas siempre que la pones, en el aire con los dedos. - ¿Cuál? ¿El concierto en Si Mayor? No la toco, cielo, simplemente me gusta mucho y hago como si la tocara. - La ejecución es perfecta. - No. Nunca será perfecta. El tono de su padre la disuadió de seguir indagando. Y tardaría unos cuantos años más en conocer el motivo. Fue cuando le diagnosticaron el Alzheimer. La hizo pasar sola. Su madre había muerto hacía un tiempo, y su padre no deseaba hablar por aquel entonces ni con sus hermanos, ni con primos ni con otra familia más que ella. Él estaba sentado en una camilla, con las piernas colgando. Aún conservaba su prominente barriga y la papada que le confería un aire afable. La abrazó y Elvira pudo notar como lloraba. "Tengo miedo" le dijo, "mucho miedo Elvirita. No quiero olvidarte". No lo harás, le mintió Elvira. Quedaron en silencio, roto por su padre cuando comenzó a confesarse. Elvira no abriría el pico ni durante todo aquel monólogo ni durante lo que le quedara de vida, nadie más lo sabría. - No fui del todo honesto con tu madre. Nací en Cáceres, pero no estuve en el campo trabajando con mi padre hasta los quince. Cuando sólo tenía seis años me mandaron a Madrid, a estudiar en el conservatorio de la capital. Destaqué entre mis compañeros, decían que tocaba prodigiosamente bien, un ángel, decían los obispos que me invitaban a tocar requiems y sonatas en sus iglesias o directamente en sus casas. Iba a dar mi primer recital internacional cuando estalló la guerra. No quería tomar partido pero todos nos vimos obligados. Me tocaron los nacionales, y quizá por ello sigo con vida, no sé. Durante mucho tiempo, antes de entrar en combate, nuestras tropas se reunían en un bar madrileño que ya no existe. Yo subía vestido con mi uniforme y tocaba. Primero coplas, con las que los soldados cantaban a voz en grito. Luego más tarde, cuando casi todos se marchaban tocaba las piezas clásica que tan bien me supe siempre. Una noche conocí a una mujer que se quedó hasta que cerraron al escuchar esa pieza de Mozart por la que me preguntabas. Se llamaba Rosa, y era el ser más hermoso que he visto en mi vida. Cada noche venía a verme tocar. Fue cuestión de tiempo para que compartiéramos habitación. Era como esa película que tanto te gusta, la de Bogart, "el mundo se vuelve loco y nosotros nos enamoramos". Ya sabes cuál te digo. Pues a mí me pasó lo mismo. Cada noche, entre el rugir de las calles yo tocaba para ella en un pequeño piano que tenía en su casa. La recuerdo, los dos desnudos sentado al piano, y mis manos sobre las suyas, enseñándole a tocarla. Nunca llegó a aprender. Cada vez que la tocaba y ella la escuchaba era más feliz de lo que lo había sido hasta aquel momento. Una de las veces me hizo prometer que sólo tocaría esa partitura para ella y nadie más. Si no estás a mi lado, no tocaré jamás para nadie, le respondí. Cuatro días después fallecía en las calles de Madrid, por una bala perdida, si es que en la guerra no todas las balas lo son. Era el veintiséis de Mayo. Después conocí a tu madre y nos casamos. Ya no toqué jamás. Lo echaba de menos, pero tenía otras cosas. A ti. No me siento más orgulloso de nada en mi vida. Ahora puedo tocar, pese a todos los años que han pasado desde mi juventud, un sinfín de obras, que sé se las llevará el olvido dentro de poco. Si pudiese quedarme con dos recuerdos sería con la primera vez que te vi, envuelta en aquella manta de hospital, llorando con la carita redonda y los ojillos cerrados. Y la otra es ese concierto en Si Mayor porque es como estar de nuevo junto a ella, desnudos al piano, amándola. El disco se terminaba y con él la interpretación de su padre. Elvira sonreía, segura al menos de que tiene uno de los dos recuerdos que quiso atesorar. Los guardó tan hondo que esa zorra no pudo encontrarlos, el delirio que acompaña a la degeneración nerviosa no se hizo con aquello. Deseó que tampoco hubiese borrado el primer día de su vida, mas era incapaz de saberlo, sólo le quedaba confiar. Recoge el disco y besa tiernamente a su padre en la frente. Le promete volver el próximo día ventiséis, y traer de nuevo el disco. Mucha gente la despide mientras abandona el vestíbulo del enorme edificio. Llega al coche y se sienta con la llave preparada para hacer contacto, pero se lo piensa mejor. Se queda allí quieta, sosteniendo el disco que saca de la bolsa. Mira la efigie del compositor, con esa peluca antigua y el gesto sonriente. Besa la cubierta del disco y nota lo salado de sus lágrimas en sus labios. "Gracias Mozart", susurra, "gracias por hacer libre a mi padre."
Dirección: C/Ceuta Nº2 2ºB, 30003 Murcia - ESPAÑA E-Mail: jesusolivanavarro@gmail.com
Mozarte - Mariana Luiza Macedo
Nasci em Belho Horizonte, Minas Gerais, no dia 17 de agosto de 1981. Escrevo ficção desde a adolescência. Em 2001 participei do concurso "Escreva como Eça" promovido pelo site Globo.com e parceria com o site Autoria. O concurso consistia em adaptar a minissérie da Rede Globo, Os Maias, baseada no livro homônimo de Eça de Queiroz, para os dias atuais. Fui vencedora do concurso. E em 2003, participei de outro concurso promovido pela Scipione que consistia em escrever um livro juvenil. A Scipione selecionou 11 livros concorrente, dentre eles o meu. Mas publicou apenas um, selecionado por jovens. O meu livro ficou apenas entre os selecionados. Desde então, escrevo contos e um blog cujo endereço é www.conversandocomasparedes.blogger.com.br.
Mozarte
Mozarte! Mozarte! Venha, a janta está na mesa! Mozarte! Mozarte, este é o meu nome. Na verdade ele se escreve Mozart, mas todo mundo fala Mozarte, e há bem pouco tempo descobri, que na verdade deveriam me chamar Mozar. Sem o "t". Eu detestava meu nome. Ele sempre foi diferente de todos os outros nomes que eu conheço. E por causa disso, eu virei a chacota entre os meus colegas de escola, da galera da rua, do pessoal da praia... Aqui na favela, todo mundo tem nome diferente do pessoal do asfalto. Uelinton, Uoxinton, Kelly. Só que além de diferente dos playboys, meu nome era estranho até no morro. Eu só passei a gostar dele, quando descobri que além de mim, havia outro Mozart no mundo. E que apesar de tantas diferenças, nós tínhamos muitas coisas em comum... Foi a minha mãe quem escolheu. Ela disse, que quando estava grávida de mim, trabalhou na casa de um homem que só ouvia Mozart. Minha mãe conta, que o patrão dela era músico, maestro de uma orquestra, que tocava sempre naquele teatro de rico, cheio de vidrinhos coloridos, que tem no centro da cidade. Ela conta também, que ele tinha uns instrumentos muito estranhos. Com nomes muito esquisitos. Oboé, fagotes, trompas... Um violão que de tão grande nem dava para tocar no colo. E na sala, uma máquina que tinha teclas, mas não era piano e o som saía por uns tubos. Quando minha mãe contava estas histórias eu ficava só imaginando que troço era esse. Que som que isso tinha. - Mãe, ele canta bem? - Ele não canta, meu filho. As músicas não têm letras... - Mas como assim? Isso deve ser um saco, hein... - São só instrumentos, mas quando você ouvir... - E é ele que toca? - Deve ser... - Ele toca pandeiro? - Acho que não. - Ele toca aqueles instrumentos esquisitos que a senhora fala, né... - Isso, Mozart. Ele era um gênio da música... Eu adorava ouvir minha mãe falar de Mozart, mesmo sabendo que ela conhecia tão pouco sobre ele. É que quando ela dizia que ele era um gênio da música, eu me sentia tão especial, e às vezes me sentia um gênio também. Na verdade, minha mãe sabia apenas que Mozart foi um famoso compositor austríaco e que ele era um homem de muito bom humor. Foi por esse motivo que quando eu nasci, ela me batizou com este nome. Minha mãe queria que eu fosse alegre, diferente de todas as outras pessoas da nossa família. Meu pai, ao que me parece, foi um homem triste e fez da minha mãe uma mulher triste também. Ele sumiu no mundo quando ela ainda estava grávida de mim e minha mãe criou, sozinha, eu e meus quatro irmãos. Depois de minha mãe, quem mais me ensinou sobre o meu xará foi o seu Chiquinho, o dono do boteco que ficava no pé da favela. Seu Chiquinho era um homem solitário, não tinha mulher nem filhos e gastava todo seu dinheiro com CD´s, discos de vinil e revistas sobre música. Foi lá que ouvi Mozart pela primeira vez. Mesmo sem letra, mesmo sem cantor, mesmo sem pandeiro fiquei todo arrepiado. Foi escutando Mozart, no bar de seu Chiquinho, que nasceu em mim o sonho de ver uma ópera. - Isso é coisa de rico, Mozart. Só a elite assiste a óperas... - Mas eu queria saber como é... Deve ser bonito... Onde tem? - Ópera? No Teatro Municipal.
A primeira vez que tentei entrar no Teatro Municipal, eu tinha dez anos. Enquanto meus amigos da rua soltavam pipa na favela, eu ia andando até a Cinelândia, e passava o dia sentado nas escadas do teatro olhando o movimento... Não me deixavam entrar, mas mesmo assim, eu ficava na escada observando as pessoas. Era engraçado ver as dondocas bem vestidas, entrando afobadas no teatro e saindo de lá emocionadas. Algumas até choravam. E isso só aguçava a minha curiosidade. O que acontecia ali dentro que transformava as pessoas? - Sai daí pivete, vai pedir esmola no outro lado da praça. - Mas seu guarda, eu não tô ped... - Sai daqui! Racha! Por muitas vezes eu fui confundido com mendigo ou com pivete. As pessoas que subiam aquelas escadas e entravam no teatro, ou me olhavam com pena, ou me olhavam com medo. Alguns me davam dinheiro, mesmo que eu não pedisse. Outros faziam comentários sobre a minha vadiagem, mas nunca ninguém me perguntou o que estava fazendo ali. Só uma vez... - Oi, moça... - Oi. - Hoje é dia de ópera, né. Você é cantora? - Não, sou bailarina... - Qual o seu nome? - Constanza. - ela respondeu enquanto subia, apressada, as escadas. - O mesmo nome da esposa do Mozart. Eu me chamo Mozart, quer se casar comigo? A bailarina já estava lá em cima quando eu a pedi em casamento. Lembrei de uma história que seu Chiquinho me contou sobre meu xará famoso. Quando ele ainda era criança também pediu uma nobre, que me esqueci o nome, em casamento... Constanza desceu as escadas e ficou me olhando, sem dizer nada. Um tempão. - Quer dizer que você se chama Mozart? Quantos anos tem? - Eu tenho 12. - Você sabia que com doze anos, Mozart escreveu uma ópera? - E com sete, já tinha escrito uma sinfonia. Qual a diferença entre sinfonia e concerto? Constanza riu. Mas não foi um riso de deboche, como eu já estava acostumado. Foi um riso de surpresa, de admiração. - Eu estou atrasada. Ainda tenho que ensaiar, depois te explico, está bem? Mesmo sem ter visto uma ópera, mesmo sem saber qual a diferença entre o concerto e a sinfonia eu sabia que a primeira ópera de Mozart foi rejeitada pela nobreza. E disso eu entendo bem. Eu sei o que é ser rejeitado. Eu sei muito bem o que é ser discriminado. Mais uma semelhança além do nome. E a Constanza que foi esposa do Mozart austríaco, tornou-se a madrinha do Mozart da favela. Foi ela quem me apresentou o teatro municipal, numa noite de gala. Uma ópera de Mozart. Constanza marcou comigo duas horas antes da ópera em frente ao teatro. Nas escadarias. Já estava lá quando ela chegou trazendo uma roupa de grã-fino. Assisti a ópera do camarote. Lá do alto. Usando binóculo. Foi o lugar mais chique que eu já fui na vida. Só tinha gente fina. Era tudo tão bonito... E antes que a ópera começasse, senti medo. Eu era o único diferente naquele lugar. Eu era sempre o diferente em todos os lugares. Mas Constanza, percebendo o meu pavor, segurou na minha mão e me disse baixinho no ouvido. "Mozart, o austríaco, também era diferente e seu talento foi muito incompreendido. Ser diferente pode ser legal". E a ópera começou.
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La sinfonía 42 - Juan Planas
Nacido en Barcelona, España, Juan Planas reside desde la infancia en la Argentina. Se dedica a tareas relacionadas con la edición de libros y revistas. Ha publicado relatos en varias revistas electrónicas: Almiar: www. margencero.com/ , EOM: www.eldigoras.com/eom , Ficticia: www.ficticia. com/ , Proyecto Sherezade: http://home.cc.umanitoba.ca/%7Efernand4/ index.html ; Parole con: www.parolecon.com/ , Letralia: www.letralia. com/
La sinfonía 42
Hace algo más de veinticinco años, me había postulado para una beca de posgrado, de tres meses de duración, en Salzburgo, Austria. Para obtener la beca era necesario aprobar un riguroso examen sobre la obra de Wolfgang Amadeus Mozart. De ganarla, me ayudaría mucho en mi carrera de musicólogo recién graduado. Tenía pensado, más adelante, escribir un libro sobre la música salzburguesa en tiempos de Mozart y, cuando mi historial lo justificara, ocupar una cátedra en la universidad. Tras una noche en vela estudiando, fui a dar un paseo matinal por San Telmo, mi barrio, para despejarme. Era un domingo, la calle Defensa se había convertido en peatonal, y miles de personas, entre turistas y habitantes de otros barrios de Buenos Aires, deambulaban por los alrededores de la plaza Dorrego, miraban los escaparates de los anticuarios o presenciaban la actuación de los artistas callejeros. A veces me había detenido a escuchar a una anciana que tocaba en una viola muy añeja la Marcha turca de Mozart o alguna otra pieza más o menos popular del músico; algo infrecuente, porque en San Telmo los músicos ambulantes ejecutan siempre tangos, al gusto de los turistas. Aquella vez la anciana estaba acompañada por una joven, casi adolescente. La chica me cautivó desde el primer momento. Era menudita, su sonrosado rostro estaba cubierto por pecas y su cabello era castaño muy claro, casi rubio. Aunque las vestiduras típicas de algún lugar de Europa Central le iban demasiado holgadas, por momentos la brisa de la mañana ceñía su blusa azul marino y blanco y su falda roja, revelando sus opulentas formas. Una anticuada cofia ocultaba parcialmente sus cabellos. Pensé que serían nieta y abuela, por el parecido evidente entre ambas. Aquella vez era la jovencita quien tocaba el instrumento; con cierto desaliño, ejecutaba un tango tradicional, mientras la anciana permanecía quieta al lado. Cuando Constanza -así se llamaba la chica, según supe posteriormente- terminó la pieza, la anciana tomó la viola y comenzó la Marcha turca. Dejé una moneda en la vasija puesta delante de las mujeres y me fui. Pese a que debía aprovechar todo el tiempo disponible para estudiar, resolví que intentaría cortejar a la jovencita de la viola. No tenía idea de cómo abordarla. A falta de cosa mejor, el domingo siguiente fui al lugar donde tocaban en la calle Defensa. Esperé que dieran por terminada la jornada, lo que me demandó horas de discreta vigilancia, y las seguí de lejos. No tuve que caminar mucho, porque entraron en una pensión cercana, en la calle Balcarce. A partir de entonces, todos los días me instalaba durante horas en un café cercano, desde donde podía observar los movimientos de la pensión. Para no desaprovechar el tiempo, llevaba mis libros y apuntes y estudiaba la obra de Mozart en el café. Por suerte, el dueño no importunaba a los parroquianos que permanecían largamente dedicados a la lectura. Todas las veces que Constanza salía iba acompañada por la anciana; eso era un inconveniente. Pero un día la anciana salió sola, cargando una bolsa bastante grande; tuve una corazonada: ¿y si la siguiera? Pagué y salí tras la señora. Después de caminar unas cuantas cuadras, entró en una tienda de artículos para turistas; tuve que esperar un buen rato hasta que saliera. Cuando lo hizo, ahora con la bolsa vacía, cruzó la calle, caminó unos pasos con aire vacilante y se detuvo, apoyándose en una pared. Parecía encontrarse mal, por lo que acudí en su ayuda. -¿Se siente mal señora? ¿Puedo hacer algo por usted? La anciana balbuceó algo incoherente. La hice entrar en un café que estaba a pocos pasos, pedí un té para ella y un café para mí. -Tome el té, señora. Se sentirá mejor pronto. Minutos después, la mujer pareció recuperarse y empezó a hablar, con acento extranjero y una sintaxis a veces extraña. -Me dio mareo... A veces me pasa últimamente... Cuando empiezan los fríos... mal me siento yo. Tenía que ir entregar muñequitas... Terminó el té y se fijó en el libro -una edición que reproducía facsimilarmente partituras y correspondencia de Mozart- y el cuaderno que tenía sobre la mesa. -¡Oh, estos son libros sobre Mozart! ¿Es músico usted? Sin esperar mi respuesta, prosiguió: -¡Ah, gran músico, Mozart! Sí... Sí... gran músico... Yo tengo única partitura sinfonía Mozart... Nadie tiene, sólo yo. No pude entender la frase; pensé que seguramente se combinaban el deficiente conocimiento del español de la mujer con su estado de confusión. Como parecía bastante restablecida, me ofrecí para llevarla a su casa en un taxi; tenía la esperanza de encontrar a Constanza y hablar con ella. Pocos minutos después, tocaba el timbre de la pensión. Una mujer, que después supe que era la señora Ignacia, la dueña, nos atendió, y le dije que la señora se había sentido mal -¡Pobre señora Frida! Pasen, voy a llamar a Constanza. Entramos. La dueña me indicó que me sentara en una salita y desapareció por otra puerta. Segundos después, volvió acompañada por Constanza. -¡Abu! ¿Qué te pasó? Le expliqué lo sucedido, procurando tranquilizarla. Constanza se mostró agradecida. Por primera vez, la vi sin su atuendo folclórico de los domingos; vestía un jean corriente y una blusa algo escotada que permitía vislumbrar las incontables pecas que cubrían sus bien formados senos. Constanza instó a la anciana a que fuese a acostarse. Ésta se negó. -¡Quiero que vea partitura! ¡Es única de Mozart! ¡Tiene que verla! -exclamó de repente, levantándose. Cuando salió, la dueña de la pensión y Constanza intercambiaron una mirada. -Mi abuela está un poco... alterada últimamente. A todo el mundo le quiere mostrar una partitura que ella está creída que es de Mozart; seguro que le estuvo hablando ya de eso. Toda la vida mantuvo en secreto que tenía esa partitura escondida, y ahora se le dio por hablar de ella con todo el mundo. Mejor váyase antes de que le haga perder más tiempo. Es capaz de retenerlo horas con sus historias. Yo deseaba dilatar la visita, para poder hablar con Constanza, aunque tuviese que aguantar la cháchara de su abuela. Hubiese preferido quedarme a solas con la chica, pero para comenzar ya era algo. Contesté: -¡Oh, no se preocupe! Su abuela es encantadora, y a sus años puede permitirse algunas manías... De todos modos, tengo tiempo. Tras asegurarme de que la dueña de la pensión había salido de la sala, agregué: -Y, si usted se queda a hacernos compañía, será un tiempo muy grato para mí. No respondió, pero siguió sentada. Como en cualquier momento podía volver la abuela con su dichosa partitura, decidí, sin más preámbulos, invitar a Constanza a que tomáramos un café. Antes de que Constanza contestara, entró atropelladamente la abuela, con un delgado pero grande volumen encuadernado en cuero. -¡Ésta es partitura única sinfonía Mozart! Usted que conoce música, importancia que tiene entenderá. Mire, mire. Pacientemente, tomé el volumen. Aunque el cuero estaba muy oscurecido por el paso del tiempo, en la tapa podía verse un blasón germánico estampado en relieve. Abrí el ejemplar y vi una portada en alemán escrita en caracteres góticos que repetía el blasón de la tapa. Resignado a seguirle la corriente a la anciana, di vuelta la portada; allí empezaba la partitura propiamente dicha. Mi indiferencia se disipó en un instante; tras meses de estudiar facsímiles de los manuscritos de Mozart, pude reconocer su caligrafía desde el primer momento. Hojeé febrilmente toda la partitura; se trataba de una sinfonía completa, pero no era ninguna de las cuarenta y una que registra el índice de Köchel, y parecía escrita de puño y letra por Mozart. -¿Qué dice? ¿Verdad que es única? Usted conoce música de Mozart -la señora Frida parloteaba sin cesar mientras yo recorría las hojas del manuscrito. Le dije a la anciana que el manuscrito era muy interesante; no quiso saber nada de prestármelo para que lo estudiara detenidamente, ni para sacarle fotocopias. No quería que la partitura se apartara de su lado ni un momento mientras ella viviese, ni pensaba venderla por ningún precio. Por fin, viendo que la abuela empezaba a mostrar fatiga, Constanza la instó a que fuese a descansar. -Bueno, voy descansar, pero acompaña señor tan amable hasta puerta -dijo Frida. Constanza me condujo a la puerta de la pensión. Nuevamente me agradeció por haber acompañado a su abuela, sin mencionar la partitura; evidentemente, creía que mi interés por el manuscrito era fingido, y que mis propósitos se encaminaban únicamente a ella. -La había invitado a tomar un café -le dije. -Ahora tengo que cuidar a mi abuela. -¿Y más tarde? ¡No sabe cuánto quiero estar con usted! Por fin, accedió y aquella tarde nos encontramos en un café cercano. Constanza convino en pedirle a su abuela que me permitiese volver a la pensión para examinar la partitura con más detenimiento; se mostró reticente en cuanto a aceptar una salida conmigo, y, cambiando de conversación, me contó que la abuela le había enseñado a tocar, aunque mal, la viola; que a ella no le gustaba mucho la música clásica, aunque sí la deleitaba el baile, y que tenía deseos de viajar; y que pasaban buena parte del día confeccionando unas muñequitas tirolesas que la anciana vendía en el comercio de donde la vi salir. Los domingos iban a tocar la viola en la calle Defensa. El día siguiente, finalmente, rendí el examen. Dos días después fui nuevamente a la pensión. Sentado en uno de los dos raídos sillones de la sala pintada de verde claro décadas atrás, bajo un cuadro de San Cayetano con su espiga de trigo adherida al marco, estuve un par de horas revisando la partitura bajo la mirada expectante de la señora Frida. Constanza nos acompañó unos minutos. Quise saber cómo el manuscrito se encontraba en su poder, pero no obtuve una explicación clara. Todo lo que pude entender fue que un antepasado de ella lo había sustraído a una familia muy rica y poderosa durante el siglo XIX, durante unos disturbios muy grandes. Por qué aquella familia había tenido la partitura de Mozart en el incógnito durante más de un siglo es un misterio; quizás ignoraran su existencia. La familia de la abuela de Constanza emigró de Austria en 1938; aparentemente, tuvieron dificultades con el régimen nazi. Tal vez Frida pensaba que podría tener problemas por el origen ilegal de la tenencia del manuscrito, y por eso había ocultado su posesión hasta recientemente. Unos días después supe que había ganado la beca, por lo que me dispuse para el viaje. Llamé por teléfono a Constanza, que aceptó encontrarse conmigo en el café. Le expliqué que había ganado la beca y pasaría tres meses en Austria. Le conté mis proyectos, y le dije que quería casarme con ella. Constanza me escuchó en silencio, mientras me miraba con sus ojos de un azul intenso; por fin, me pidió tiempo para pensar su respuesta; ella era muy joven, no quería tomar apresuradamente una decisión tan importante... Le pregunté si, al menos, a mi regreso podríamos vernos, aunque fuese como amigos. Me dijo que sí, y también aceptó que le escribiese desde Salzburgo. Mi avión partía el lunes siguiente al atardecer; esa mañana fui a la pensión, donde me recibió la señora Ignacia. -La señora Frida y Constanza salieron; ¡Ah, me olvidaba! Espere, tengo algo para usted. -dijo, y fue en dirección de la cocina. Volvió con un sobre. -Constanza me pidió que si usted pasaba por la pensión le dejara esto. Apenas salí de la pensión, abrí el sobre. Encontré una de las muñequitas tirolesas que confeccionaban la abuela y Constanza, y una notita en la que me deseaba buen viaje. Mi estancia en Salzburgo fue una experiencia maravillosa, imborrable; pero no voy a extenderme en ella. Durante tres meses pensé continuamente en Constanza y en la partitura de Mozart. Me preguntaba si la abuela le obsequiaría a Constanza el manuscrito cuando nos casáramos. Anhelaba comprobar la autenticidad de la partitura y anunciar su hallazgo, junto con un estudio de la sinfonía. Más adelante, con seguridad, un ministerio de cultura o alguna universidad nos ofrecería una pequeña fortuna por el original; el porvenir profesional y el económico estaban asegurados. Algo me inquietaba: Constanza no contestaba ninguna de las cartas que le escribí. Mis intentos por comunicarme telefónicamente con la pensión fracasaron, lo que atribuí al deficiente servicio de entonces. Apenas regresé a Buenos Aires, corrí a la pensión. La señora Ignacia me recibió y me hizo pasar a la sala, donde se encontraba tomando el té con doña Susana y la señorita Francisca, que me abrumaron con saludos y preguntas. -¿Cómo le fue en su viaje? ¿Se divirtió? -preguntó la señora Ignacia; había algo en el aire que no me gustaba; las tres me miraban con un aire entre expectante y divertido. -El señor seguramente quiere ver a Constanza -dijo la señorita Francisca. -¡Claro, claro! ¡Qué lamentable! -exclamó doña Susana. -¿Pasó algo? -pregunté, ya alarmado. -La pobre señora Frida se enfermó apenas usted partió. La hospitalizaron y murió a los dos días. Después empezó a venir un señor que Constanza había conocido en la calle Defensa. Parece que aquel señor le dijo que Constanza tenía mucho talento para el baile, y que él la haría triunfar en Europa. Un día la chica se fue con él; estas chicas de ahora... -la señorita Francisca no terminó su frase. -Ni siquiera me pagó el último mes. Tuve que vender las cosas de doña Frida, para recuperar lo que me debían. Por suerte, en seguida encontré un nuevo inquilino, un electricista -remató la señora Ignacia. Había perdido a Constanza para siempre... Las mujeres me observaban, disimulando apenas un maligno regocijo. ¡La partitura de Mozart! Reaccioné de golpe y pregunté: -¿Constanza se llevó la partitura? -¿Aquel libro de música forrado en cuero? Era muy viejo; ni intenté venderlo. ¿A usted le interesa? -preguntó la señora Ignacia, con un brillo de codicia en la mirada. -Sí. -Espere un momento -salió en dirección de la cocina y volvió con el volumen-. Aquí lo tiene. Por ser usted, se lo puedo dejar en cincuenta pesos. Sin hacer caso de las sonrisas sabedoras de la señora Ignacia y sus huéspedes, tomé el volumen y lo abrí. ¡Habían arrancado todas las hojas! Quedaba únicamente la mitad de la última, con unos pocos compases del final de la sinfonía. A continuación de éstos, anotado por la señora Ignacia, decía: Dentista (llamar por la tarde) y un número de teléfono. Advirtiendo mi estupor, la señora Ignacia explicó: -Aproveché las hojas para ir anotando las compras, y cosas así... Total, no servían para nada -algo inquieta, preguntó-: ¿Quiere comprarlo, de todos modos? Sin contestar, saqué cincuenta pesos del bolsillo y me fui con lo que subsistía de la partitura.
Ha pasado casi un cuarto de siglo. Dentro de media hora partiré hacia Salzburgo; pedí licencia en la facultad donde enseño porque la editorial que publicó mi último libro -un estudio sobre las cuarenta y una sinfonías de Mozart- quiso que se presentara al público durante el Festival, que este año coincide con los doscientos cincuenta años del nacimiento de Mozart. En Salzburgo me han invitado a pronunciar algunas conferencias. Evelina, con quien me casé hace unos quince años, me acompañará. Abro un armario, y tomo aquel volumen de cuero que conserva media hoja de la sinfonía de Mozart; lo miro melancólicamente. ¡Pensar que, por culpa de la estúpida dueña de la pensión, el mundo ha perdido una sinfonía del gran músico, que sería la sinfonía 42! Y yo he perdido la gloria que me hubiese deparado darla a conocer. Antes de irme -Evelina me llama, porque llegó el taxi- tomo por unos segundos una muñequita tirolesa que está siempre sobre mi escritorio. ¿Qué habrá sido de Constanza? Nunca más tuve noticias de ella... Evelina me urge, repitiendo que el taxi está esperando. Dejo la muñequita tirolesa sobre el escritorio y guardo la partitura en el armario.
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Un viaje fugaz - Mirta Alicia Gisondi
Nací en la Capital Federal el 10 de octubre de 1943. Hace 35 años que nos mudamos a Ituzaingó, en la Provincia de Buenos Aires. Soy casada, con 4 hijos y 4 nietas. Hago monografías, resúmenes de módulos y correcciones de trabajos de nivel terciario y universitario. Escribo desde hace cuatro años y he participado de varias antologías como finalista de concursos: .Homenaje a Cortazar (2002), Poesía y Relatos en Argentina 2004 y Canto a la Vida, de la Universidad Católica (UCA), En noviembre del 2004 recibí el 2° premio en Letras de Tango en mi ciudad. Este año obtuve Mención en el concurso de la Feria del Libro de San Nicolás (Prov. de Bs. As.)
Un viaje fugaz
El carruaje ingresó en la caballeriza de una elegante residencia, en donde el pequeño Amadeus demostraría sus habilidades. Llegaban con el tiempo justo para dormir unas horas, antes de ensayar lo que interpretaría al día siguiente. Su padre y él fueron guiados por el lacayo por oscuros y largos pasillos, para llegar a la habitación que le habían asignado. No siempre tenían suerte, dependía de los anfitriones. Si conocían del virtuosismo del jovencito, era posible que le dieran una recepción de invitados especiales, pero si sólo sabían de la poca edad del intérprete, solían tomarlo casi como un acto circense. Seguramente, esta vez, habían caído bien, puesto que dormirían en el ala de la servidumbre; ya sabían de tragos amargos, cuando debieron conformarse con un jergón de paja junto a los caballos. El niño no preguntaba, únicamente obedecía a su padre, quien diestramente lo presentaba en distintas Cortes, donde lo escuchaban aristócratas y dignatarios eclesiásticos. Muchas veces se sentía agobiado por las responsabilidades a las que lo obligaba su padre, aunque su gran amor por la música superaba con creces la pérdida de la niñez. Acomodado en una habitación apenas iluminada con un candelero, el joven Mozart se durmió agotado por el largo viaje, y Leopold, su padre, se fue con el cochero y el lacayo para esperar las directivas sobre la representación. A media noche el pequeño se despertó asustado, clamando por su madre. Las ramas de los árboles golpeaban contra los vidrios y las cortinas se movían por el viento que se colaba por las ventanas. En un primer momento, desconoció el lugar; se parecía a muchos en los que había dormido los últimos dos años. Extrañaba su casa, los afectos. Solía olvidar en donde estaba, y el temor hacía que llamara a la madre, sin acordarse de la distancia que los separaba. Bajó de la enorme cama y salió al pasillo. La luz tenue de una lámpara de aceite acentuó el miedo que lo embargaba. Un murmullo venía desde la cocina y creía escuchar la voz y la risa de su padre. No pudo llegar hasta él, una robusta mujer lo pilló de un brazo. Casi sin tocar el piso, lo devolvió a la cama, no sin antes darle mil recomendaciones. A regañadientes, se acostó y, sin cerrar los ojos por el miedo, escudriñó las sombras. En un rincón, pese a la oscuridad, un caballito de madera se balanceaba invitador. Se acercó suavemente. No recordaba haberlo visto cuando llegara; sin embargo, ahora estaba frente a sus ojos. El elegante corcel, finamente torneado, tenía un cojín de terciopelo rojo como montura, bordado en hilos dorados. Las riendas trenzadas de cintas de raso descansaban sobre el grácil cuello. Del cabestrar pendían dos borlas de seda, y sobre la cabeza un plumón de colores. Amadeus se sentó, acarició las crines de madera, tiesas y a la vez delicadas; cerró los ojos y se balanceó suavemente hacia delante y luego para atrás. Agarró con fuerza las riendas y el jinete ordenó partir. El camino era sinuoso y el caballo adquiría la velocidad del viento, hasta que extendió dos alas blancas y voló. Tan alto que ya no se veía el suelo, sólo cielo y nubes. Una música armónica y terrenal inundaba su cerebro; el viento castigaba sus mejillas, pero no tenía miedo ni frío. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía esa emoción intensa con algo que no fueran violines y teclados; y además podía disfrutar de esa música que brotaba naturalmente, como un manantial en la roca. El caballito de madera lo paseó por comarcas lejanas, sobre palacios fastuosos y selvas impenetrables. Esquivó altas cumbres y pasó rasante en el desierto. Se cruzó unos instantes con un hidalgo caballero que, también en equino de madera, parecía disfrutar de un viaje maravilloso. Aunque el paseo era el juego soñado, el niño no podía eludir fijar en su memoria las notas que formaban esas melodías que surgían placidamente, sin apremios ni obligaciones. Cuando el cansancio lo fue dominando, Amadeus dio la orden a su cabalgadura de regresar. El caballito replegó las alas y se asentó suavemente sobre el piso de la habitación, justo cuando entraba Leopold Mozart, su padre. El niño cerró los ojos, simulando dormir, por eso éste lo levantó delicadamente del canapé y lo acostó en la cama. El brioso corcel, desde las sombras, desapareció lentamente hasta refugiarse subrepticiamente en los sueños insatisfechos del pequeño.
Dirección: Lavalleja 433 (1714) Ituzaingó, Prov. de Bs. As - ARGENTINA E-Mail: mirtagisondi@yahoo.com.ar
Jorge Antunes
Cuento: "Concerto n° 5" (Rio de Janeiro 23/4/1942). É compositor, maestro, professor universitário e faz literatura desde sua adolescência. Sua produção literária é vasta, embora pouco conhecida. Em novembro de 1967 Antunes participou do lançamento carioca do movimento Poema-Processo, ao lado de Alvaro de Sá, Newton Sá e Wladimir Dias Pino, expondo seus poemas na famosa e polêmica mostra na ESDI da Rua do Passeio. A divulgação de seus poemas, crônicas e outros escritos tem se restringido à inclusão em algumas coletâneas, livros coletivos e jornais. Pela editora Hemisfério Sul publicou seu livro de literatura juvenil A Morte do Arco-Íris. Em 2001 ganhou o primeiro lugar no concurso de contos da Revista Poiésis.
Dirección: SHIN QI 5 - Conjunto 3 -0 Casa 23, CEP 71505-730 Brasília-DF - BRASIL E-Mail: antunes@unb.br
Marcos Aurelio Arcaya Pizarro
Cuento: "Walkman Amadeus Mozart" (La Ligua, Chile, 24/5/1979). Es estudiante de Licenciatura en Castellano en la Universidad de Santiago y diplomado de la Universidad de Chile (2004). Actualmente participa en el Colectivo Literario Lingua Quiltra. Ha publicado hasta ahora solamente ensayos y artículos en pequeñas revistas impresas y virtuales.
Dirección: Ortiz de Rozas nº37, La Ligua, Petorca, Valparaíso - CHILE E-Mail: linguaquiltra@yahoo.es
Pablo Alejandro Brunet
Cuento: "El destino del hombre" (Santa Fe, Argentina, 30/8/1985) Estudió Administración de Empresas en la Universidad Nacional del Litoral. He participado en varios certámenes literarios regionales; entre ellos, el Certamen de Poesía "Hugo Mandón" y el Certamen Literario "El Puente".
Dirección: San Lorenzo 2463, (3000) Santa Fe - ARGENTINA E-Mail: pbrunet_85@hotmail.com
Antonio Calle González
Cuento: "El cenotafio" Licenciado en Filología Inglesa, actualmente realiza en la Universidad de Sevilla su tesis doctoral en Literatura Inglesa y Norteamericana con una investigación sobre El Concepto de la Historia en la Poesía Inglesa Contemporánea 1970-2000. En el campo de la crítica literaria ha escrito libros como La estética de lo grotesco en la literatura inglesa del siglo XIX: las novelas de Dickens. Ha publicado sobre temas interdisciplinares tales como el arte de la cinematografía (Exploring Film Art / Explorando el Arte Fílmico); o artículos sobre la relación entre la pintura y la literatura ("La lectura de un cuadro, la contemplación de una narrativa" en Monografías de Arte).
Dirección: Avda. Juan XXIII, 39, E-41710 Utrera (Sevilla) - ESPAÑA E-Mail: jmcalle@us.es
Antonio Daganzo Castro
Cuento: "¿Qué tal Mozart?" (Madrid, España, 10/7/1976). Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, se ha dedicado al periodismo local, especialmente cultural, y desde 1996 a la divulgación radiofónica de la música clásica. Su labor literaria ha merecido diversas menciones en distintos certámenes y algunos de sus trabajos narrativos y poéticos han sido incluidos en varias antologías. Recientemente ha publicado su poemario Siendo en ti aire y oscuro (Madrid, 2004).
Dirección: Madrid - ESPAÑA
Samuel Fierro Franco
Cuento: "Un grandioso día" (Bogotà, Colombia, 26/12/1960). Ingeniero de Audio, con estudios en electrónica y música. Aficionado a la interpretación de instrumentos de cuerda y piano. Melómano y estudioso de la vida de personajes históricos en especial músicos y otros artistas.
Dirección: Calle 8 No. 69-39 Piso 2, Bogotá D.C. - KOLUMBIEN E-Mail: studyboxsafi@gmail.com
Félix Amador Gálvez
Cuento: "La Reina de la Noche" (Moguer, España, 1965). Comenzó a escribir muy pronto. A los 11 años, ganó su primer premio literario extraescolar. A los 18, quemó todos sus poemas y volvió al sueño de escribir historias. En los 90 tuvo un programa literario-musical en Radio Moguer, donde hacía crítica y contaba historias. En la actualidad, trabaja en un hospital andaluz. Ha ganado los premios literarios "Castillo de Cortegana", el Certamen "Edisena" de Cuentos Cortos-Cortos, el "Ciudad de Palos" y el de Relato Gastronómico del Restaurante El Chiscón, amén de otros áccesits y menciones.
Dirección: Calle Obispo Infante, 7, E-21800 Moguer (Huelva) - ESPAÑA E-Mail: moguer@gmail.com
Fabiano García
Cuento: "Escritos anónimos" (Moguer, España, 1965). Comenzó a escribir muy pronto. A los 11 años, ganó su primer premio literario extraescolar. A los 18, quemó todos sus poemas y volvió al sueño de escribir historias. En los 90 tuvo un programa literario-musical en Radio Moguer, donde hacía crítica y contaba historias. En la actualidad, trabaja en un hospital andaluz. Ha ganado los premios literarios "Castillo de Cortegana", el Certamen "Edisena" de Cuentos Cortos-Cortos, el "Ciudad de Palos" y el de Relato Gastronómico del Restaurante El Chiscón, amén de otros áccesits y menciones.
Dirección: Dr. Pedro Quiroga 252 (oeste), (5400) San Juan - ARGENTINA E-Mail: frgarciag@yahoo.com.ar
Florie Krasniqui
Cuento: "Requiem" (Suiza, 22/4/1982). Reside desde la infancia en España donde ha cursado la mayor parte de sus estudios. Se licenció en 2005 en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Granada e inicia este año los cursos de doctorado en Teoría de la Literatura y de las Artes y Literatura Comparada en la misma Universidad, estudios que compagina con el segundo ciclo de Filología Francesa.
E-Mail: procellaest@yahoo.es
Margarita Paulina Mallo
Cuento: "All that Mozart" (Buenos Aires, 30/10/1949). Bachiller Egresada Del Colegio Nacional De Buenos Aires. Realizó estudios de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Recibió el 2o premio en el Concurso de cuento "Victoria Ocampo 2004".
Dirección: Av. Santa Fe 2808 - piso 7º, dto. "A", (1425) Ciudad Autónoma de Buenos Aires - ARGENTINA E-Mail: margamaisto@yahoo.com.ar
Anabela Mimoso
Cuento: "Anda brincar comigo" (Lisboa, 9/1/1953). Licenciada em História, mestre em Cultura Portuguesa, professora de Português, autora de vários livros de Literatura Infantil, entre os quais D. Bruxa Gorducha, distinguido em 1996 pela Revista White Ravens. Lecciona também Literatura Infantil numa Escola Superior de Educação. Tem participado em sessões para alunos e educadores e feito comunicações em colóquios, debates, congressos sobre Literatura Infantil.
Dirección: Al. Conde Samodães, 270, ap. 20, 4 430-069 Vila Nova de Gaia - PORTUGAL E-Mail: msaturnina@portugalmail.pt
Eduardo Pombo
Cuento: "El tango del Angel" (Buenos Aires, 8/1/1926) Es periodista de profesión, ha publicado cuentos y artículos en revistas y diarios de la Capital Federal y Mar del Plata. Libros publicados: "Saavedra, un barrio y un tiempo añorados" (1992), "Buenos Aires: Tango y Borges" (2000), "El mismo Cielo por testigo" (2005).
Dirección: Las Heras 2876 2° C; (7600) Mar del Plata - ARGENTINA E-Mail: eduardo26mar@argentina.com
Alejandro José Ramón
Cuento: "Réquiem en Re Menor" (Buenos Aires, 4/12/1937). Médico graduado en 1960, especializado en Ortopedia y Traumatología Infantil. Jefe de dicho servicio en el Hospital de Niños de Mar del Plata durante veinte años. Escribo por placer, desde mi jubilación, en 2002. Concurro al Taller de Escritura del PUAM (Programa Universitario para Adultos Mayores) de la Universidad Nacional de Mar del Plata, dirigido por la Profesora Delia Saenz, desde 2004. En ese lapso he recibido cuatro premios en distintos concursos de Cuento Breve.
Dirección: O'Higgins 273, (7600) Mar del Plata - ARGENTINA E-Mail: alejandro.ramon@gmail.com
Carola Saavedra Hurtado
Cuento: "Wolfigã" (03/03/1973). Nasceu em Santiago do Chile chegando ainda criança ao Brasil. Em julho de 2005 fez a sua estréia literária com o livro de contos "Do lado de fora" lançado no Brasil pela Editora 7Letras. Tem contos publicados em vários sites de literatura do país. Atualmente trabalha como tradutora.
Dirección: Av. Sernambetiba 3300, bl. 3, apto. 1103, Cep. 22630-010, Barra da Tijuca, Rio de Janeiro - RJ - BRASIL E-Mail: carolasaavedra@gmail.com
Juan María Solare
Cuento: "Mozart reencarnado" (Buenos Aires 11/8/1966). Es músico graduado en Buenos Aires y Colonia (Alemania). Sus más de 250 composiciones son ejecutadas y emitidas por radio en varios países de Europa y de América. Dicta clases de piano en la Musikschule Bremen, conferencias y seminarios sobre música contemporánea y dirige un conjunto dedicado al tango en la Universidad de Bremen. Compone música para cortometrajes y animaciones por internet. Como pianista sus especialidades son la música de tango y la música clásica del siglo XX. Escribe para diversas publicaciones (unos 200 ensayos y cuentos publicados en Argentina, España, México, Alemania, Inglaterra y Austria).
Dirección: Adam-Stegerwald-Strasse 15, 51063 Köln - ALEMANIA E-Mail: solare@surfeu.de
Santiago Blas Torales
Cuento: "Sueño o desvelo" (Córdoba, Argentina, 15/1/71). Colabora en publicaciones electrónicas tales como Inventiva Social (Argentina), Mizares (España), LaLupe, literatura de vanguardia (México). Ha participado en las - antologías poéticas "De pluma y tinta" (CEN ediciones, Córdoba, Argentina) y "En bandada" (Santa Fe, Argentina).
Dirección: Pedro Ferré 948, (3000) Santa Fe de la Vera Cruz - ARGENTINA E-Mail: nahrid@yahoo.com.ar
Germán F. Touza
Cuento: "Wolf9an5" Actualmente estudia una Música y Letras en las facultades de Arte y de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Estudia además de guitarra y canto con profesores particulares.
Dirección: Andrés Lamas 2064, (1416) Ciudad Autónoma de Buenos Aires - ARGENTINA E-Mail: germantouza@yahoo.com.ar
Valentina Truneanu
Cuento: "Sinfonía 40 en Gran Caimán" (Maracaibo, Venezuela, 4/3/1980). Es licenciada en Letras y magíster en Lingüística y Enseñanza del Lenguaje. Obtuvo Mención Especial en el V Concurso de Poesía de la Casa de la Poesía Juan Antonio Pérez Bonalde (1996), el primer premio en cuento y Mención Especial en poesía en el Concurso de Corpozulia (1997), Accésit del I Certamen de Relatos Hiperbreves del Bajo Aragón (2005) y finalista del I Concurso de Microcuentos "El planeta de los libros" (2005). Es autora del libro de relatos El mito de la segunda parte (2000) y ha trabajado como docente en la Universidad del Zulia.
Dirección: Calle 73 esquina con avenida 11. Nº 11-12. Edificio Las Trinitarias. Apartamento 6. Maracaibo, Estado Zulia - VENEZUELA E-Mail: vtruneanu@iamnet.com